Hasta aquel día yo nunca había tenido una hora exacta a la que llegar a casa. A decir verdad no hacía falta puesto que yo me adaptaba a los ritmos de mis amigas que me hacían volver a horas muy razonables.Si me retrasaba por algún motivo siempre cabía hacer una llamada de teléono para que me vinieran a buscar o para decir que estaba de camino.
Todo fue bien y nunca me regañaron por mi tardanza hasta aquel día en el que llegué un poco más tarde de lo habitual. El caso es que había estado en Artillería, un bar de moda en La Laguna, hablando con un chico que se ofreció a llevarme en su coche. Al llegar, mi padre que estaba sentado en uno de los sillones se quitó las gafas de leer cuando lo fui a saludar, me miró a los ojos y me dijo: ‘¿Quién te trajo?’ y yo le respondí: ‘Fulanito’. Se hizo entonces un silencio y añadió: ‘A partir de ahora tienes que estar en casa a las diez y media’.
Comenzaba así otra época de mi vida muy diferente a la anterior. Atrás quedaron los tiempos que he venido relatando a lo largo de estos últimos años. Toca ahora abrir una nueva etapa de presente, sin espejismos y sueños que quizás no coincidan con la presente realidad. Me voy alegre, sabedora de conocerme un poquito más a través de estos bocaditos de recuerdos e ilusionada en comenzar una nueva andadura en algún futuro blog. Me voy rápido, sin mirar atrás, porque pronto van a dar las diez y media.
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Aun no son las diez y media. He llegado a tiempo.Si te vas a algún lado, dime a dónde. Me encanta leerte.