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Las diez y media

Hasta aquel día yo nunca había tenido una hora exacta a la que llegar a casa. A decir verdad no hacía falta puesto que yo me adaptaba a los ritmos de mis amigas que me hacían volver a horas muy razonables.Si me retrasaba por algún motivo siempre cabía hacer una llamada de teléono para que me vinieran a buscar o para decir que estaba de camino.
Todo fue bien y nunca me regañaron por mi tardanza hasta aquel día en el que llegué  un poco más tarde de lo habitual. El caso es que había estado en Artillería, un bar de moda en La Laguna, hablando con un chico que se ofreció a llevarme  en su coche. Al llegar, mi padre que estaba sentado en uno de los sillones se quitó las gafas de leer cuando lo fui a saludar, me miró a los ojos y me dijo: ‘¿Quién te trajo?’ y yo le respondí: ‘Fulanito’. Se hizo entonces un silencio y añadió: ‘A partir de ahora tienes que estar en casa a las diez y media’.
Comenzaba así otra época de mi vida muy diferente a la anterior. Atrás quedaron los tiempos que he venido relatando a lo largo de estos últimos años. Toca ahora abrir una nueva etapa de presente, sin espejismos y sueños que quizás no coincidan con la presente realidad. Me voy alegre, sabedora de conocerme un poquito más a través de estos bocaditos de recuerdos e ilusionada en comenzar una nueva andadura en algún futuro blog. Me voy rápido, sin mirar atrás, porque pronto van a dar las diez y media.

El retrato

(No creo que tenga que poner nada aquí… al leer el texto sabrán quién soy yo…)
Nuestra infancia transcurría totalmente ajena al ir y venir de los enfermos que acudían religiosamente día tras día a la consulta de mi padre. Bajábamos a la clínica cuando teníamos que comunicar una noticia que no podía esperar o para pedir cualquier cosa que nos hiciera falta y que mi madre no podía solucionar por sí sola. Me veo bajando de memoria, saltando los enormes escalones de dos en dos sin apenas apoyarme en la barandilla. Luego, al llegar al portal de casa, empujo la puerta blanca con paneles de cristal que está siempre un poco hinchada por el calor y que cuesta abrir. Sigo bajando de un salto los cuatro escalones que me separan del suelo. A la derecha el cuarto de audiometrías y a la izquierda la quinta habitación. Luego, la cuarta, la tercera, la segunda y la primera.  Me paro ante la puerta del antequirófano y la empujo suavemente para ver si hay alguien en el quirófano. No, mi padre debe de estar en su despacho.
Salgo al portal de la clínica por la puerta de cristal y allí, a mi izquierda, sentados sobre el banco de madera unas cuantas personas que silenciosamente aguardan su turno alzan la cabeza. Los pacientes me miran con curiosidad tratando de descubrir en mi cara los rasgos del doctor que les va a atender en breve. Entro en la sala de espera ¡no me queda más remedio! y, de nuevo, las miradas se posan en mí. Ésa es una de las hijas- murmuran y yo no sé dónde meterme. Entro en el despacho aliviada y Emma me mira sorprendida desde su mesa. Me dice que espere un momento, que mi padre está observando a un paciente en la habitación de al lado. Y mientras espero me suelta: a ver si me das una foto tuya en la que salgas bien para pegarla encima de ésta. Todos me dicen: ‘Ah, son seis chicos y dos chicas’ y yo tengo que aclarar que no, que son tres chicas. Miro la foto y la verdad es que tiene razón: el pelo está tan corto y yo, en esa edad absurda, me he puesto cuadrada sin apenas cintura. ¡Vaya churro de foto! Necesitábamos una foto de familia numerosa de honor y una tarde de verano que mi padre subió temprano a La Laguna nos fuimos a un fotógrafo en la calle San Agustín. Los pequeños se negaban a soltar sus chupetes y mis padres esperaron hasta el momento en que el obturador iba a ser presionado para tirar de las cintas y dejar sus bocas al descubierto. Todos parecen actores de reparto y yo, en medio, un chico más. Lo terrible fue que la foto circuló como símbolo de la familia y me la encontraba enmarcada en todas las casas de los parientes de dentro y fuera de la isla.
Me aparta del retrato la voz de mi padre con sus zapatos blancos manchados de sangre y su nombre azul bordado en el pecho. Alrededor de la frente lleva el espejo circular que le tapa la calva por delante. Resuelve mi problema con la destreza de un deshacedor de entuertos y, sin más, vuelve a su entretenida rutina.
Ahora me doy cuenta de que nunca reparé en el extraño espejo, ni en sus ropas blancas, ni siquiera advertí  nada anormal en sus zapatos blancos sobre los que se posaban  goterones de sangre. Tengo la sensación de que todo aquello se me escapó y es ahora cuando vuelve a mí con la claridad que proporciona el tiempo.

Las normas

El mundo estaba regido por una serie de normas que descartaban de cuajo la creatividad. Todo aquel que osase plasmar su impronta era brutalmente reprendido en el inmediato ataque de la instancia de poder aludida. La eficacia de la medida era tal que el sujeto quedaba herido de muerte y, por regla general, optaba por claudicar antes de lanzarse a una cruzada de incomprensión que dañara aun más su doliente autoestima.
Ir a clase sin haber hecho los deberes era algo tan incomprensible que no encontraba justificación en ninguna enfermedad ni tan siquiera, en algunos casos, en el fallecimiento de algún familiar. Lo mismo ocurría con las notas: llevar a casa un suspenso era el mayor disgusto que podíamos imaginar. ¡El mundo para los más torpes era un lugar terrible!
Sin embargo, en ese ambiente de uniforme represión surgían espontáneamente grupos de alumnas que se jactaban de ir a contracorriente, asumiendo cuanto suspenso descartáramos las otras tras noches de estudio y lanzándose a aventuras incontroladas de sádico disfrute.
El principal objetivo de sus andanzas eran los cerdos que las monjas guardaban en los establos al sur de los terrenos del colegio. Allí, con los babis a modo de capa, se dedicaban a torear a los animales en una fiesta de regocijo furtivo antes de ser descubiertas por la imponente autoridad. La campana del pasillo de clausura constituía otro objetivo de la rebeldía juvenil. Aquella cuerda silenciosa que colgaba desde el techo parecía estar allí para que pudiéramos tirar de ella e inundar el sagrado recinto con el tañido de la victoria, como el que sonó para nosotras por última vez cuando celebramos la despedida de nuestros años de colegio.
Las andanzas continuaban fuera del recinto escolar. Todas recordamos las excursiones que hicimos a Mariquita La Mora para admirar la ropa interior para gordas que mostraba su escaparate o las expediciones que organizaba una compañera de clase a su casa para contemplar a través de la persiana de madera del primer piso de su casa como le ponían a su abuelo la inyección diaria. El pobre hombre habrá muerto hace muchos años ignorante de que un nutrido grupo de histéricas adolescentes se precipitaba por la calle para llegar a tiempo de ver como el trasero era perforado por la aguja de una antigua jeringa de cristal.
Y es que en tiempos de represión cualquier cosa puede convertirse en un motivo para soñar que estamos por encima de las normas.

Las Misiones

Casi todas las actividades que se realizaban en el colegio religioso en el que estudiábamos tenían que ver con lo que llamábamos ‘las misiones’, unos lugares remotos llenos de niños con mocos y moscas revoloteando frente a sus mugrientos rostros y monjas impecablemente vestidas ayudándoles a prosperar. Se podría decir que nuestra vida poco sentido tenía sin el contrapunto de aquel reducto de personas más desgraciadas que nosotras que nunca tendrían las posibilidades de las que gozábamos en este lado del mundo. A pesar de que la España aquella estaba aun en vías de desarrollo con unas bolsas de marginalidad enormes los negritos de África se nos presentaban como un contraste con el que medir nuestro incipiente bienestar.
Las monjas, que siempre tenían algún motivo para recaudar dinero, nos vendían postales con imágenes de las misiones y, aparte de intentar fomentar en nosotras el deseo de marchar allí algún día, pasaban huchas con forma de cabeza de negrito o chinito en cualquier ocasión para hacernos soltar las monedas que tintineaban en la pocha aquel día.  En mi clase, aunque no en mi grupo, había una niña muy estudiosa que  siempre iba condecorada con la primera banda y la recompensa. Yo la admiraba en silencio apreciando todo lo que a ella se refería, incluso su nombre. Así que cuando decidí amadrinar a una niña en la misión de Kabuye con la aportación de lo que había ido guardando durante meses en la hucha no lo dudé un instante y decidí llamarla Gloria como mi ídolo de entonces. A los cinco o seis años, compré la postal que se ve arriba para regalársela a mi madre como felicitación. Recuerdo que aunque en el ambiente pacato de entonces el pecho de la mujer amamantando a su bebé me hiciera ruborizar  no dudé de que la postal elegida era la más bonita de todas las que me ofrecieron.
La encontré el otro día en una caja llena de fotos en casa de mi madre. La reconocí al sentirla entre mis dedos y sin poder contener la emoción le dí la vuelta:

Los escalones verdes

 
 
El tramo de escalera que comunicaba la segunda planta de mi casa con la azotea se fue convirtiendo con el tiempo en un improvisado espacio de juegos. Aún recuerdo el roce frío de aquellos escalones anchos de color verde iluminados por la luz del enorme ventanal que daba al patio de mi abuela. Al pie se encontraba un pequeño rellano decorado con el cajón de los juguetes y una estantería colgante con los libros de Guillermo el Travieso que mi hermano leía con tal pasión que despertó en mí el vicio de la lectura.
A un par de metros escasos, María del Carmen la costurera, sentada delante de su máquina de coser nos contemplaba de refilón atenta a que no hiciéramos ninguna tontería. A veces, el pasatiempo consistía en sentarnos tranquilamente y empezar a hacerle preguntas mientras seguíamos con los ojos aquellas hebras de colores que introducía delicadamente en trozos de tela. Ella siempre tenìa tiempo para nosotros y, como si de adultos se tratara, contestaba pacientemente nuestras preguntas sin levantar la cabeza de la labor.
Aquel día, mi hermano M. se sentó pensativo en los escalones redondeando en su cabeza la pregunta que iba a dispararle a María del Carmen. Al principio sonó muy normal: ‘María del Carmen ¿cómo tengo yo los ojos?’, a lo que la buena mujer respondió suavemente sin levantar los ojos del paño: ‘azúles‘. No contento con la respuesta mi hermano insistió: ‘Pero¿cómo son?’ Sin entender nada, nuestra costurera alzó la mirada y le volvió a decir: ‘azúles’ Mi hermano no pareció satisfecho e insistió: ‘¿pero cómo?’ María del Carmen intrigada le dijo: ‘¿por qué me lo preguntas?’. Y entonces mi hermano, aliviado le dijo: ‘porque todas las señoras cuando me ven por la calle me dicen: ¡Qué ojos más bonitos tiene este niño!’.
Después de sonreir, María del Carmen archivó la anécdota que pasó a formar parte de la historia familiar.
Por la noche, en el rellano, mi hermana y yo extendíamos un papel de periódico y sobre él colocábamos los zapatos del colegio que betunábamos siguiendo unas pautas rutinarias. Primero había que cepillar el zapato, luego le dábamos una capa de betún con el cepillo y a continuación usábamos el cepillo grande para sacar brillo posteriormente con un paño. Todo ello antes de que en el mercado aparecieran los limpiadores líqudos que se aplicaban directamente sobre el zapato cuya piel se iba cuarteando con cada nueva capa que se añadía.
La estantería también guardó una caja de zapatos en la que vivían nuestros gusanos de seda que alimentábamos con hojas de una morera que habíamos localizado en La Laguna. Fue la única colección que funcionó lo suficiente para poder apreciar las distintas fases de la vida de estos animalitos que de gusanos pasaron a capullos y volaron, como nuestra infancia, en forma de blancas mariposas mágicas.

Las cucarachas

 
 
 
Me estremezco con sólo nombrarlas. El nombre en sí es una palabra tortuosa, llena de recovecos, con afán de prolongarse para siempre si la ‘ch’ incrustada en su final no aplastara onomatopéyicamente al pegajoso bicho ‘¡chuufffff !’ Mirarlas me produce tal repelús que me he visto obligada a buscar una reproducción tipo Walt Disney para poder soportarlas.
La ciudad en la que vivíamos era un puerto de mar con clima primaveral durante todo el año. Un lugar maravilloso para vivir en el que nunca hacía frio y se podía nadar durante todo el año. ¡Fantástico! pero había un pequeño problema: las cucarachas.
Entonces no existían los productos maravillosos que hay hoy en día que consiguen terminar con ellas durante años. Entonces las cucarachas se mataban de otra manera: a zapatazos.
Al llegar la noche en los días de calor se asomaban por los lugares húmedos, como cocinas y cuartos de baño, siempre a escondidas sabiéndose huéspedes poco deseadas. Las más temidas eran las ‘volonas’ que desplegaban sus alas y se lanzaban hacia el interior de las casas a través de las ventanas abiertas para dejar pasar la brisa noctura.
Todos guardamos alguna anécdota de nuestros encuentros con alguna cucaracha que se pasó de la raya, como la que mi madre encontró en su albornoz después de darse una ducha y que se paseó por su cuello antes de caer al suelo tras un chillido estremecedor y movimientos frenéticos o la que se me posó en el pie mientras mantenía una tertulia en una terraza y que hizo volar la cocacola que estaba bebiendo por los aires. Pero, lo mejor de todo era el sistema estereofónico que mi madre ideó para evitar oir el crujido del bicho bajo el golpe del zapato, porque mientras blandía el arma en el aire, mi madre lanzaba un grito prolongado que amortiguaba cualquier sonido.
Después vino el Bygone, un insecticida o ‘flix’ como lo llamamos aquí, de eficacia probada y por último las desinsectaciones profesionales que aniquilan a estos molestos bichos de probada supervivencia y han hecho pasar al olvido frases populares del tipo ‘¡Muchá, mata esa cuca!’

Los Reyes pasaban llevándose con ellos las vacaciones, mientras los niños contemplábamos desconsolados los juguetes apenas usados durante las pocas horas anteriores a la vuelta al colegio. Los nervios habían convertido la noche mágica en la más corta del año pues desde antes del amanecer, y por medio de una red organizada, conseguíamos despertarnos unos a otros para ir a ver los regalos. Mis padres, que no querían perderse nuestras caritas de entusiasmo, nos hacían poner los zapatos en distintas zonas de su dormitorio y, para evitar los madrugones que les imponíamos, decidieron cerrar la puerta con llave y abrirla cuando nuestras voces del otro lado les interrumpían el sueño.

Un año, mi hermano mayor ideó un plan: introduciríamos un alambre por la cerradura para empujar la llave que caería sobre un periódico previamente introducido por debajo de la puerta y luego sólo habría que tirar del papel con la llave posada sobre él. Como aún no habíamos estudiado física , no sabíamos de medidas ni  pesos y no nos habíamos percatado de que la voluminosa llave caería pesadamente sobre el papel despertando a mis padres, ni de  que el periódico  en realidad era más grueso que la ranura bajo la puerta y ¡no digamos con la llave encima! Obviamente, el plan no funcionó.
Una vez que mis padres, incapaces de pegar ojo, decidían abrir nos dirigíamos como flechas al sitio que  teníamos asignado y con gran excitación gritábamos: ‘Mamá, mira. La muñeca que yo quería y además tiene vestiditos’; ‘¡El camión de la basura!’; ‘¡Mira! ¡lo que les pedí!’…
Pero eso no era más que el principio porque en pijama nos lanzábamos a casa de mis abuelos que también habían escrito una carta a los Reyes pidiéndoles un regalito para nosotros. Luego, por la misma acera, entrábamos en tropel en la casa de Don Isidro donde Mari Tere, que nos tenía amenazados con no abrir si llegábamos demasiado temprano, nos esperaba con más regalos. Después, vuelta a casa y por la escalera de caracol nos colábamos en casa de mi otra abuela y de mis primos que vivían en lo alto. ¡Regalos y más regalos! Ahora que lo miro, ¡debíamos habernos portado pero que muy bien!
Dos de mis hermanos tenían la suerte de estar apadrinados por amigos de mis padres, y no por familiares, y aquel día recibían un super-regalo cada uno mientras los menos afortunados presenciábamos la escena con gran desconsuelo.
Gracias a Dios, nunca encontramos carbón en los zapatos como la niña del cuento que mi madre nos contaba durante las vacaciones. Aún recuerdo la pena que sentí cuando imaginé a aquella chiquilla recibiendo el terrible castigo, ¡menos mal que supo arrepentirse de lo que quiera que fuera que había hecho! y los Reyes Magos que estaban todavía por los alrededores se compadecieron y volvieron la noche siguiente a traerle sus regalos.
O sea, que ya sabéis: Los Reyes andan por los alrededores vigilándonos para ver si nos portamos bien. Y si no lo hacemos, igual los vemos entrar en nuestro dormitorio para llevarse aquello que tanta ilusión nos hizo recibir.

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