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Las Misiones

Casi todas las actividades que se realizaban en el colegio religioso en el que estudiábamos tenían que ver con lo que llamábamos ‘las misiones’, unos lugares remotos llenos de niños con mocos y moscas revoloteando frente a sus mugrientos rostros y monjas impecablemente vestidas ayudándoles a prosperar. Se podría decir que nuestra vida poco sentido tenía sin el contrapunto de aquel reducto de personas más desgraciadas que nosotras que nunca tendrían las posibilidades de las que gozábamos en este lado del mundo. A pesar de que la España aquella estaba aun en vías de desarrollo con unas bolsas de marginalidad enormes los negritos de África se nos presentaban como un contraste con el que medir nuestro incipiente bienestar.
Las monjas, que siempre tenían algún motivo para recaudar dinero, nos vendían postales con imágenes de las misiones y, aparte de intentar fomentar en nosotras el deseo de marchar allí algún día, pasaban huchas con forma de cabeza de negrito o chinito en cualquier ocasión para hacernos soltar las monedas que tintineaban en la pocha aquel día.  En mi clase, aunque no en mi grupo, había una niña muy estudiosa que  siempre iba condecorada con la primera banda y la recompensa. Yo la admiraba en silencio apreciando todo lo que a ella se refería, incluso su nombre. Así que cuando decidí amadrinar a una niña en la misión de Kabuye con la aportación de lo que había ido guardando durante meses en la hucha no lo dudé un instante y decidí llamarla Gloria como mi ídolo de entonces. A los cinco o seis años, compré la postal que se ve arriba para regalársela a mi madre como felicitación. Recuerdo que aunque en el ambiente pacato de entonces el pecho de la mujer amamantando a su bebé me hiciera ruborizar  no dudé de que la postal elegida era la más bonita de todas las que me ofrecieron.
La encontré el otro día en una caja llena de fotos en casa de mi madre. La reconocí al sentirla entre mis dedos y sin poder contener la emoción le dí la vuelta:

Los escalones verdes

 
 
El tramo de escalera que comunicaba la segunda planta de mi casa con la azotea se fue convirtiendo con el tiempo en un improvisado espacio de juegos. Aún recuerdo el roce frío de aquellos escalones anchos de color verde iluminados por la luz del enorme ventanal que daba al patio de mi abuela. Al pie se encontraba un pequeño rellano decorado con el cajón de los juguetes y una estantería colgante con los libros de Guillermo el Travieso que mi hermano leía con tal pasión que despertó en mí el vicio de la lectura.
A un par de metros escasos, María del Carmen la costurera, sentada delante de su máquina de coser nos contemplaba de refilón atenta a que no hiciéramos ninguna tontería. A veces, el pasatiempo consistía en sentarnos tranquilamente y empezar a hacerle preguntas mientras seguíamos con los ojos aquellas hebras de colores que introducía delicadamente en trozos de tela. Ella siempre tenìa tiempo para nosotros y, como si de adultos se tratara, contestaba pacientemente nuestras preguntas sin levantar la cabeza de la labor.
Aquel día, mi hermano M. se sentó pensativo en los escalones redondeando en su cabeza la pregunta que iba a dispararle a María del Carmen. Al principio sonó muy normal: ‘María del Carmen ¿cómo tengo yo los ojos?’, a lo que la buena mujer respondió suavemente sin levantar los ojos del paño: ‘azúles‘. No contento con la respuesta mi hermano insistió: ‘Pero¿cómo son?’ Sin entender nada, nuestra costurera alzó la mirada y le volvió a decir: ‘azúles’ Mi hermano no pareció satisfecho e insistió: ‘¿pero cómo?’ María del Carmen intrigada le dijo: ‘¿por qué me lo preguntas?’. Y entonces mi hermano, aliviado le dijo: ‘porque todas las señoras cuando me ven por la calle me dicen: ¡Qué ojos más bonitos tiene este niño!’.
Después de sonreir, María del Carmen archivó la anécdota que pasó a formar parte de la historia familiar.
Por la noche, en el rellano, mi hermana y yo extendíamos un papel de periódico y sobre él colocábamos los zapatos del colegio que betunábamos siguiendo unas pautas rutinarias. Primero había que cepillar el zapato, luego le dábamos una capa de betún con el cepillo y a continuación usábamos el cepillo grande para sacar brillo posteriormente con un paño. Todo ello antes de que en el mercado aparecieran los limpiadores líqudos que se aplicaban directamente sobre el zapato cuya piel se iba cuarteando con cada nueva capa que se añadía.
La estantería también guardó una caja de zapatos en la que vivían nuestros gusanos de seda que alimentábamos con hojas de una morera que habíamos localizado en La Laguna. Fue la única colección que funcionó lo suficiente para poder apreciar las distintas fases de la vida de estos animalitos que de gusanos pasaron a capullos y volaron, como nuestra infancia, en forma de blancas mariposas mágicas.

Las cucarachas

 
 
 
Me estremezco con sólo nombrarlas. El nombre en sí es una palabra tortuosa, llena de recovecos, con afán de prolongarse para siempre si la ‘ch’ incrustada en su final no aplastara onomatopéyicamente al pegajoso bicho ‘¡chuufffff !’ Mirarlas me produce tal repelús que me he visto obligada a buscar una reproducción tipo Walt Disney para poder soportarlas.
La ciudad en la que vivíamos era un puerto de mar con clima primaveral durante todo el año. Un lugar maravilloso para vivir en el que nunca hacía frio y se podía nadar durante todo el año. ¡Fantástico! pero había un pequeño problema: las cucarachas.
Entonces no existían los productos maravillosos que hay hoy en día que consiguen terminar con ellas durante años. Entonces las cucarachas se mataban de otra manera: a zapatazos.
Al llegar la noche en los días de calor se asomaban por los lugares húmedos, como cocinas y cuartos de baño, siempre a escondidas sabiéndose huéspedes poco deseadas. Las más temidas eran las ‘volonas’ que desplegaban sus alas y se lanzaban hacia el interior de las casas a través de las ventanas abiertas para dejar pasar la brisa noctura.
Todos guardamos alguna anécdota de nuestros encuentros con alguna cucaracha que se pasó de la raya, como la que mi madre encontró en su albornoz después de darse una ducha y que se paseó por su cuello antes de caer al suelo tras un chillido estremecedor y movimientos frenéticos o la que se me posó en el pie mientras mantenía una tertulia en una terraza y que hizo volar la cocacola que estaba bebiendo por los aires. Pero, lo mejor de todo era el sistema estereofónico que mi madre ideó para evitar oir el crujido del bicho bajo el golpe del zapato, porque mientras blandía el arma en el aire, mi madre lanzaba un grito prolongado que amortiguaba cualquier sonido.
Después vino el Bygone, un insecticida o ‘flix’ como lo llamamos aquí, de eficacia probada y por último las desinsectaciones profesionales que aniquilan a estos molestos bichos de probada supervivencia y han hecho pasar al olvido frases populares del tipo ‘¡Muchá, mata esa cuca!’

Los Reyes pasaban llevándose con ellos las vacaciones, mientras los niños contemplábamos desconsolados los juguetes apenas usados durante las pocas horas anteriores a la vuelta al colegio. Los nervios habían convertido la noche mágica en la más corta del año pues desde antes del amanecer, y por medio de una red organizada, conseguíamos despertarnos unos a otros para ir a ver los regalos. Mis padres, que no querían perderse nuestras caritas de entusiasmo, nos hacían poner los zapatos en distintas zonas de su dormitorio y, para evitar los madrugones que les imponíamos, decidieron cerrar la puerta con llave y abrirla cuando nuestras voces del otro lado les interrumpían el sueño.

Un año, mi hermano mayor ideó un plan: introduciríamos un alambre por la cerradura para empujar la llave que caería sobre un periódico previamente introducido por debajo de la puerta y luego sólo habría que tirar del papel con la llave posada sobre él. Como aún no habíamos estudiado física , no sabíamos de medidas ni  pesos y no nos habíamos percatado de que la voluminosa llave caería pesadamente sobre el papel despertando a mis padres, ni de  que el periódico  en realidad era más grueso que la ranura bajo la puerta y ¡no digamos con la llave encima! Obviamente, el plan no funcionó.
Una vez que mis padres, incapaces de pegar ojo, decidían abrir nos dirigíamos como flechas al sitio que  teníamos asignado y con gran excitación gritábamos: ‘Mamá, mira. La muñeca que yo quería y además tiene vestiditos’; ‘¡El camión de la basura!’; ‘¡Mira! ¡lo que les pedí!’…
Pero eso no era más que el principio porque en pijama nos lanzábamos a casa de mis abuelos que también habían escrito una carta a los Reyes pidiéndoles un regalito para nosotros. Luego, por la misma acera, entrábamos en tropel en la casa de Don Isidro donde Mari Tere, que nos tenía amenazados con no abrir si llegábamos demasiado temprano, nos esperaba con más regalos. Después, vuelta a casa y por la escalera de caracol nos colábamos en casa de mi otra abuela y de mis primos que vivían en lo alto. ¡Regalos y más regalos! Ahora que lo miro, ¡debíamos habernos portado pero que muy bien!
Dos de mis hermanos tenían la suerte de estar apadrinados por amigos de mis padres, y no por familiares, y aquel día recibían un super-regalo cada uno mientras los menos afortunados presenciábamos la escena con gran desconsuelo.
Gracias a Dios, nunca encontramos carbón en los zapatos como la niña del cuento que mi madre nos contaba durante las vacaciones. Aún recuerdo la pena que sentí cuando imaginé a aquella chiquilla recibiendo el terrible castigo, ¡menos mal que supo arrepentirse de lo que quiera que fuera que había hecho! y los Reyes Magos que estaban todavía por los alrededores se compadecieron y volvieron la noche siguiente a traerle sus regalos.
O sea, que ya sabéis: Los Reyes andan por los alrededores vigilándonos para ver si nos portamos bien. Y si no lo hacemos, igual los vemos entrar en nuestro dormitorio para llevarse aquello que tanta ilusión nos hizo recibir.

La noche de Reyes

Cuando las hierbas y el musgo del portal habían perdido parte de su verdor inicial era el momento en el que  los Reyes Magos, a punto de bajarse de los camellos, se arrodillarían ante el niño. Nos habíamos pasado las vacaciones moviendo a los Reyes por aquel escenario de cartón hasta ubicarlos frente al recién nacido, lo que significaba que esa misma noche recibiríamos la misteriosa visita de aquellos seres mágicos tan amados como temidos.

Los mayores aprovechaban las fechas para recordarnos que los Reyes estaban ya por los alrededores observándonos desde la distancia para asegurarse de que nos portábamos bien. Eran tiempos de ilusión desmedida y, a la vez, de cierta angustia ante este acontecimiento protagonizado por  mágicos personajes desconocidos que, a escondidas, irrumpirían en nuestra intimidad  y nos dejarían paquetes de colores como prueba de su visita. Mi madre insistía en que había que acostarse temprano porque si por casualidad estábamos despiertos cuando llegaran, se darían la media vuelta y se irían con los regalos a otra parte. Miles de historias contaban los niños respecto a los Magos:  algunos  los habían visto acercarse a su cama; otros habían oido unas campanitas en medio del silencio de la noche; los más imaginativos describían con pelos y señales la escalerilla apoyada en la fachada del edificio por la que los Sabios habían subido tirando de sus pesadas túnicas.
En casa el nerviosismo se podía cortar. Acudíamos a la cabalgata bien abrigados disfrutando de la oportunidad de salir a la calle de noche, algo no muy habitual. Mi abuela insistía en que nos tapáramos la boca para no ponernos malos y hoy mismo, en la cabalgata, he oído repetidamente la frase: ‘¡Tápate la boca!’, lo cual significa que las abuelas siguen siendo las mismas de entonces. Mirábamos arrobados a los Reyes Magos meciéndose en sus altos camellos cargados de caramelos y, a gritos, los llamábamos por su nombre buscando entre la multitud esa mirada de reconocimiento que tanto deseábamos. Entonces comenzaban las preguntas: ‘¿y cómo saben ellos dónde vivimos? ¿serán capaces de distinguir un muñeco de otro? ¿cómo les da tiempo de  llevar regalos a todos los niños? Preguntas muy maduras que encontraban improvisadas respuestas para salir del paso que no nos perturbaban porque en realidad queríamos permanecer para siempre en aquel estado de éxtasis. ¡Todo era perfecto! incluso el Baltasar burdamente pintado de negro cuya capa de pintura se distinguía con claridad sobre la blanca piel que asomaba junto a las orejas. Y, aunque aquel día en el colegio alguien empezó con lo de que ‘los Reyes son los padres, ¡pásalo!’, yo aún pienso que los Reyes existen para aquellos que creemos en ellos.

Feliz Navidad

(felicitación navideña de mis padres en el año 1959)
¡Ya era Navidad! Empezaba una época mágica de sueños y regalos. El timbre de mi casa sonaba contínuamente. Muchos pacientes se acercaban a traer regalos con que agradecer el acierto de mi padre. En el salón habíamos montado un gran árbol de navidad y el olor que desprendía el pino natural invadía la estancia durante todas las vacaciones. Adornado con bolas de colores, que se rompían con sólo mirarlas, y guirnaldas que lo rodeaban como un lujoso vendaje, a sus pies íbamos colocando las cestas forradas en celofán de colores y sus elevadas asas en las que un lucido lazo fijaba una pata de jamón; las cajas de galletas; las botellas; los estuches que contenían alguna botella con sus correspondientes copas…. ¡una alfombra circular que iba haciéndose cada vez mayor!
Cuando podíamos nos acercábamos al árbol e introducíamos nuestras manitas a través de alguna rendija del celofán para palpar los secretos que se escondían en el interior de la cesta: un paquete de peladillas, una lata de melocotón en almibar, un frasco de mermelada… pero lo que más nos gustaba eran las latas de galletas.
En una ocasión, uno de mis hermanos decidió abrir una de ellas sin que nadie se diera cuenta. Para ello, se la llevó a un rincón donde nadie lo viera y, con sumo cuidado, fue desprendiendo la cinta adhesiva que sellaba el contenido. Supongo que el festín consistió principalmente en dar buena cuenta de las preferidas por todos: ¡las de chocolate! Probablemente terminó con las del piso superior, para luego hacerlo con las del piso inferior. Al concluir y ver el desdentado contenido, no se le ocurrió nada mejor que rellenar los huecos con huevos que robó de la cocina. Puso delicadamente los huevos en los agujeros y con gran esmero rodeó de nuevo la lata con la cinta adhesiva, colocándola delicádamente bajo el árbol.
Pasaron las fiestas y mi madre recogió el árbol. Las cajas con botellas se almacenaron en el garaje y las latas de galletas se apilaron una sobre otra en la despensa a la espera de la ocasión adecuada para irlas abriendo paulatinamente. Semanas después, el tufo a podrido empezó a salir de aquel depósito creando el desconcierto hasta que se descubrió el por qué de aquel olor.
¡Era la Navidad y había niños sueltos saltándose las normas durante las vacaciones!

El portal de Belén

 
( a falta de inspiración, publico un post aparecido en este blog con anterioridad)
 
‘Treinta y dos mil trescientos cuarenta… veinticindo mil pesetas’… las voces de los niños de San Ildefonso cantaban los números ganadores de la lotería nacional entonando esa melodía característica que anunciaba el comienzo de nuestras vacaciones de Navidad. La casa, silenciosa en horas de colegio, vibraba ahora movida por el estruendo de un tropel de niños moviéndose incesantemente entre nuestra casa y la de mis primos a través de una sucesión de misteriosos pasillos y escaleras de caracol serpenteantes.
Esa música de la lotería sonaba el día en que montábamos el belén en casa de mis tíos. En el comedor, frente a la puerta de la terraza, mi tía había desplegado una enorme mesa de madera y sobre ella colocábamos cajas de cartón que cubríamos luego con papel marrón para crear montañas y valles. Una vez conseguido el paisaje, poníamos tierra, piedrecitas y musgo fresco sobre el papel arrugado para darle vida y hacíamos lagos con trozos de espejo y, como dioses creadores, terminábamos nuestra obra posando sobre ese pequeño mundo las figuritas sacadas de una vieja caja de cartón. Buscábamos un hueco para el portal con la Virgen, San José y el Niño Jesús con los pastorcillos en las cercanías, dejando a los Reyes Magos encaramados en una montaña distante. Día tras día durante las vacaciones íbamos acercando los Reyes al portal con la excitación de sentir que se acercaba el momento de tocar  los regalos. Entre las figuras, la del ‘caganer’  despertaba nuestras risitas. Siempre escondido detrás de un arbusto o una tapia, el caganer intentaba defecar sin poder impedir que nuestros ojos lo encontraran fácilmente en aquel paisaje de cartón-piedra que hacía volar nuestra infantil imaginación.
Los camellos de los Reyes Magos no sólo caminaban por las irreales montañas de aquel belén, sino que su presencia era señalada por los mayores en los montes que rodean la ciudad que, según ellos, constituían el paso obligado de los tres jinetes hacia nuestra casa y, a veces, tal vez por efecto de la fiebre de alguna gripe vacacional,veíamos las lucecitas del real cortejo moverse lentamente en la oscuridad de la noche y con un hueco en el estómago temíamos en lo más profundo no ser merecedores de tantos regalos .
 
LES DESEO UNA FELIZ NAVIDAD Y UN PRÓSPERO 2010

El Caso

La prensa del Régimen Franquista no informaba sobre los asesinatos que se producían en este país pues, según los jerarcas de entonces, en la España Nueva no había nada negativo y publicar delitos serviría para dar ideas a nuevos delincuentes. Esto fue así hasta el año 1952 cuando vio la luz el semanario El Caso, conocido como ‘el periódico de las porteras’, que durante treinta años estuvo informando a sus lectores sobre una España real alejada de la España oficial.
Era una España negra llena de monstruos que respiraban a través de las páginas amarillentas de aquel periódico que describía con pelos y señales un mundo sórdido de cabezas decapitadas, horribles asesinatos y una hemorragia de sangre permanente. Las letras en rojo de la portada atraían a los lectores con titulares dignos de la más truculenta película policiaca de Hollywood.
Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo del terrible semanario fue una mañana de domingo en la que íbamos a pasar el día a La Laguna. Mi padre ya había sacado el coche del garaje, una operación que requería cierta pericia porque había que colocar los tacos para que las ruedas salvaran el desnivel de la acera y luego cerrar las hojas de la puerta del garaje y la verja de fuera. El coche estaba listo y una sucesión de niños y niñas de todas las edades se iba instalando sobre el tapizado rojo del asiento de atrás. ¿Estamos todos? alguien preguntó. No, ¡falta R!, el quinto de mis hermanos que entonces tendría unos siete años. ¿Dónde está R? Alguien subió de nuevo a casa a buscarlo sin éxito, los demás gritamos su nombre para ver si contestaba. ¿Estará en casa de Doña Lola? Y entonces alguien dijo: ¡viene por ahí, del carrito!. Y allí por la cuesta subía mi hermano satisfecho, con la parsimonia de un adulto, llevando en sus manos con naturalidad el ejemplar semanal de El Caso que había comprado con el duro del domingo.

Pionera

A principios de los sesenta  muy pocas mujeres conducían en este país. Sin embargo, mi madre fue una pionera en ese campo probablemente forzada por la necesidad de trasladar  la abultada tropa de un lado a otro y dar fe de la modernidad que, a cuentagotas, se iba apoderando de este país entonces ‘en vías de desarrollo’. Fue su padre, mi abuelo, el que le enseñó a rodar por las carreteras con esa gran precisión que evitó que sufriera accidentes que hicieran peligrar nuestras vidas o la suya propia.
Siempre a ritmo ligero se movía sin parar por toda la ciudad recogiendo y soltando niños propios y prestados. Sus coches, diminutos para los patrones actuales, eran como el bolso de Mary Poppins cuya capacidad ilimitada albergaba todos los niños necesarios para formar un equipo de futbol, suplentes incluídos. A todas horas sonaba el teléfono en casa requiriendo sus servicios para volver de casa de un amigo porque se había hecho de noche o por cualquier otro motivo.
En una ocasión, estando en la casa de verano en La Laguna, surgió la necesidad de ir rápidamente a Santa Cruz a buscar algo. Debido a la premura de la diligencia y a que no tenía que bajarse del coche, decidió no cambiarse de ropa y salir tal como estaba vestida. Pero la traviesa fortuna, que quiso echarse unas risas aquel día, hizo que en plena Rambla un coche le diera un golpe por detrás. Y entonces, la aparentemente elegante señora no tuvo más remedio que abrir la puerta del coche y bajarse avergonzada mostrando en sus pies aquellas zapatillas de color azúl celeste que tan cómodas le resultaban en casa.
Fue ella la que años más tarde me enseñó a cambiar de marchas manteniendo el pedal del embrague en la posición correcta y a frenar reduciendo de marcha antes de llegar a los semáforos en rojo.Hace unos meses, después de un susto en una curva de la autopista a la que accedió por el carril de la izquierda a toda velocidad, y de la que de milagro salió con vida, se replanteó la conducción y decidió, sabiamente, que ahora prefiere que sean otros los que la lleven de acá para allá. Lo curioso es que yo, sin saber del incidente en cuestión, ya había desarrollado una fobia a esa misma curva a la que accedo siempre temerosa por el carril de la derecha. ¡El poder de los genes!

Lectura de Notas

Cuando yo estudiaba en el colegio no se hablaba de evaluaciones ni de recuperaciones y las notas se entregaban todos los meses escritas a mano en un pequeño boletín que había que llevar a casa para traerlo firmado a la semana siguiente. En cualquier caso, la entrega de notas no era un acto rutinario en el aula sino  un momento solemne celebrado con toda la pompa en el Salón de Actos. Entonces, distribuidas en las sillas de tijera a ambos lados del pasillo, nos poníamos en pie al unísono cuando la puerta se abría para dar paso a la monja tutora del curso y a la Madre Superiora, que en mi colegio se llamaba Nuestra Madre.
La solemnidad del acto nos penetraba en el cuerpo y temblorosas esperábamos, con las manos frías y  los pies golpeando rítmicamente la silla de delante, a que la monja dijera nuestro nombre para levantarnos y oir algo así como: ‘Almudena Pérez. Este mes ha mejorado, tiene todas las asignaturas aprobadas aunque puede hacer más. Ha tenido un comportamiento bueno, aunque tiene que esforzarse por ser más puntual’ y entonces Nuestra Madre hacía algún comentario adicional, sobre todo cuando llegaba el turno de alguna de aquellas alumnas mimadas por todos a las que siempre les dedicaban las más maravillosas sonrisas y parabienes. Porque en la España de entonces, y me temo que aún en la actual, siempre hubo alumnos preferidos a los que se les mimaba descaradamente y se les permitían privilegios negados a los otros alumnos.
A las mejores alumnas se les concedía la Primera Banda, unos cordones dorados, como los que usan los militares, un extremo enganchado en el tirante y el otro colgando de un botón de la blusa, y  las que les seguían  recibían la Segunda Banda, de color plata. El resto de las alumnas que aprobaban todo se les premiaba con la recompensa, la insignia del colegio que había que lucir sobre el tirante del uniforme como señal de distinción. Por lo tanto, el sistema permitía que supiéramos en todo momento quiénes eran las alumnas más estudiosas del colegio aunque no estuvieran en nuestro curso.
En nuestros boletines se especificaba no sólo el rendimiento académico por medio de una cifra del 1 al 10 que nadie tenía el menor problema en identificar, toda vez que los números inferiores a 5 estaban escritos en tinta roja para no dejar lugar a dudas y los superiores en tinta azul. También venía reflejado en sus páginas el número de ausencias que se habían producido durante el mes y el comportamiento que habíamos demostrado en todo momento.
Nunca tuve la Primera Banda, pero puedo asegurar que salir de la Lectura de Notas luciendo la Segunda Banda era una sensación única que culminaba cuando llegaba a casa boletín en mano y una sonrisa orgullosa pintada en la cara.

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