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Lectura de Notas

Cuando yo estudiaba en el colegio no se hablaba de evaluaciones ni de recuperaciones y las notas se entregaban todos los meses escritas a mano en un pequeño boletín que había que llevar a casa para traerlo firmado a la semana siguiente. En cualquier caso, la entrega de notas no era un acto rutinario en el aula sino  un momento solemne celebrado con toda la pompa en el Salón de Actos. Entonces, distribuidas en las sillas de tijera a ambos lados del pasillo, nos poníamos en pie al unísono cuando la puerta se abría para dar paso a la monja tutora del curso y a la Madre Superiora, que en mi colegio se llamaba Nuestra Madre.
La solemnidad del acto nos penetraba en el cuerpo y temblorosas esperábamos, con las manos frías y  los pies golpeando rítmicamente la silla de delante, a que la monja dijera nuestro nombre para levantarnos y oir algo así como: ‘Almudena Pérez. Este mes ha mejorado, tiene todas las asignaturas aprobadas aunque puede hacer más. Ha tenido un comportamiento bueno, aunque tiene que esforzarse por ser más puntual’ y entonces Nuestra Madre hacía algún comentario adicional, sobre todo cuando llegaba el turno de alguna de aquellas alumnas mimadas por todos a las que siempre les dedicaban las más maravillosas sonrisas y parabienes. Porque en la España de entonces, y me temo que aún en la actual, siempre hubo alumnos preferidos a los que se les mimaba descaradamente y se les permitían privilegios negados a los otros alumnos.
A las mejores alumnas se les concedía la Primera Banda, unos cordones dorados, como los que usan los militares, un extremo enganchado en el tirante y el otro colgando de un botón de la blusa, y  las que les seguían  recibían la Segunda Banda, de color plata. El resto de las alumnas que aprobaban todo se les premiaba con la recompensa, la insignia del colegio que había que lucir sobre el tirante del uniforme como señal de distinción. Por lo tanto, el sistema permitía que supiéramos en todo momento quiénes eran las alumnas más estudiosas del colegio aunque no estuvieran en nuestro curso.
En nuestros boletines se especificaba no sólo el rendimiento académico por medio de una cifra del 1 al 10 que nadie tenía el menor problema en identificar, toda vez que los números inferiores a 5 estaban escritos en tinta roja para no dejar lugar a dudas y los superiores en tinta azul. También venía reflejado en sus páginas el número de ausencias que se habían producido durante el mes y el comportamiento que habíamos demostrado en todo momento.
Nunca tuve la Primera Banda, pero puedo asegurar que salir de la Lectura de Notas luciendo la Segunda Banda era una sensación única que culminaba cuando llegaba a casa boletín en mano y una sonrisa orgullosa pintada en la cara.

Manzanita

Manzanita era el nombre que le dábamos en casa a aquella amiga de mi hermana de perpetuas mejillas rosadas, que durante años nos acompañó los fines de semana en el sur, compartió mesa y juegos con nosotras y se convirtió en una referencia indispensable de nuestros recuerdos de la infancia.
Hija de padres mayores, se crió como hija única mientras sus hermanos, ya adultos, hacían su vida aparte. Quizás por la edad de sus progenitores, éstos se esforzaban en conservar la infancia de la niña como un tesoro rejuvenecedor que de ninguna manera querían soltar. Por eso, la pequeña se debatía entre su edad real y la edad mental que sus padres le atribuían. En una ocasión nos contaba apurada que tenía que fingir sorpresa con la llegada de los Reyes Magos aunque ya hacía tiempo que el hechizo se había roto. Mientras nosotras hablábamos abiertamente con nuestros padres de nuestros deseos para esa fecha, ella tenía que guardar silencio y limitarse a escribir la carta a los Reyes que veía pasar delante de su casa en la cabalgata mientras sus padres y hermanos la jaleaban para hacerla entrar en ambiente de fiesta.
Un día al salir del colegio encontré a mi hermana llorando a lágrima viva rodeada de niñas. Me acerqué corriendo a ver qué pasaba: ‘¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?’ , pregunté asustada y al no ocurrírseme ningún motivo para tal llantina añadí: ‘¿Te han expulsado?’. Con voz entrecortada me respondió: ‘¡Se ha muerto la madre de Manzanita!’ . Todo había sido muy rápido: un intenso dolor de cabeza, persianas cerradas para evitar la luz y un par de días más.
A partir de ese momento, Manzanita pasa a ser un personaje más en casa y en una ocasión me confiesa que cuando sea mayor quiere tener una familia como la de mis padres y yo le pregunto ¿ocho hijos?, a lo que responde que sí. Yo sonrío y no le doy demasiada importancia. Pasa el tiempo con sus maravillosos veranos compartidos entre su casa y la nuestra. La suya, una casa antigua con ecos de vidas anteriores y maderas que crujen bajo nuestros pasos, es la sede de las partidas de canasta que entusiasman a mi hermana y contiene la oscura despensa donde se encuentra la lata de rosquetes de Carmen que tanto me gustan a mí. Interminables paseos en bicicleta y baños en la piscina de Fátima, tras ponernos el bañador en el incómodo cuartito de las lavadoras, la han llevado a tener una familia en cierto modo parecida a la nuestra, aunque en lugar de ocho ha tenido cinco niños, lo cual en estos tiempos es toda una hazaña.

La llegada del color

El contenido de las neveras había sido siempre bastante deslucido: un cazo con la leche; una bandeja de loza con los bistecs preparados para el almuerzo; unos vasos con natillas de color amarillo y un bol con papas cortadas y sumergidas en agua, hasta que se produjo una especie de Plan Marshall que  llenó nuestras cocinas de colores: el fenómeno Tupperware, léase ‘tapergüel’. Aquella invasión hubiera pasado rozándonos sin apenas tocarnos si Mari Tere no se hubiera convertido de la noche a la mañana en agente de la firma y portadora de una modernidad que se instaló, herméticamente sellada, en las neveras del barrio en forma de recipientes de colores y tamaños diversos .
La política de la empresa norteamericana se basaba en el establecimiento de redes sociales a través de sus representantes que tenían que organizar reuniones en casa de alguna clienta interesada en admirar los envases y conocer sus usos. Esta clienta se encargaba, a su vez, de invitar a las amigas a las que ofrecía una merienda y la representante, con las muestras y un flejo de formularios para anotar los encargos de las invitadas, explicaba las particularidades de los distintos productos, recetas, y comunicaba las ofertas especiales. Era un sistema inteligente  por el que la organizadora de la reunión recibía regalos y descuentos especiales y la representante conseguía ascensos e incentivos económicos por las ventas obtenidas.
El negocio funcionaba, los productos, aunque un poco caros,  eran de buena calidad,  y todas las amigas de mi madre se hicieron con mantequeras, jarras para el agua y la leche, e incluso moldes para polos y cajas para poner los cosméticos o los utensilios de costura. Tan bien iba todo que Mari Tere fue ascendiendo en el escalafón y hasta un coche le llegaro a poner a su disposición para sus visitas. ¡Todo fantástico! aunque yo, en plena edad del pavo, recuerdo espantada el horrible color  azul chillón del vehículo y la vergüenza que sentía de que me vieran dentro de él.

Helados

Recuerdo con claridad la sensación que me causó el primer polo que comí en mi vida. Era un polo de hielo, probablemente de naranja, al que robé a chupetazos el zumo que contenía dejando pegado al palo un trozo de hielo granulado transparente. Sentí entonces que la boca se me dormía y la lengua se volvía pastosa y lenta, como anestesiada. Fue una memorable experiencia que ha llegado intacta hasta hoy.
Ya adolescente, descubrimos unos polos especiales que vendían en la Dulcería Suevia en La Rambla y al salir del colegio parábamos allí a por ellos. Eran helados caseros de puro chocolate cremoso de sabor tan auténtico que decidimos acompañarlos de un puñado de churros de la Churrería La Madrileña tres casas más allá. Las sensaciones eran únicas, temimos por nuestros dientes sometidos a alternar el candente churro con el frio gélido del polo, pero afortunadamente no guardo secuelas del exceso.
Los Helados California, a ritmo de Lili Marlene, nos perseguían por la ciudad y, a veces, nos esperaban seductores a la puerta del colegio, pero los helados más representativos de la ciudad eran sin duda los de la Heladería Marpi en la Rambla de Pulido.
Se trataba de una casa terrera de una planta convertida en local abierto a la calle. El establecimiento consistía en un espacio exterior y otro interior separados por una imponente barra de mampostería dentro de la cual se movían los empleados y en el exterior unas butacas metálicas muy altas a las que trepábamos los clientes que tomábamos los helados con los pies colgando. Los empleados, con gorrito blanco triangular, se comportaban con la calma de los que tienen éxito, es decir transmitiendo algo así como ’si quieres un helado ármate de paciencia y si no, la puerta está abierta’ . Supongo que imitando a mi hermano, que para mi era la experiencia encarnada, me aficioné al helado de limón en barquillo crujiente y que, más tarde, combinaba normalmente con helado de chocolate, otro ejemplo de contraste. Yo siempre pedía lo mismo, no me gustan demasiado las sorpresas, aunque en días de mucho calor probé la greanizada de limón y la horchata de chufas que elaboraban según la receta alicantina.
El día de San Fernando los dueños siempre nos regalaban una garrafa metálica de helado en una nevera de corcho con cubos de hielo y en Navidad barras de turrón elaboradas por ellos. Seguramente la imponente barra ya no sería tan alta como entonces me parecía, pero no tengo manera de comprobarlo porque la heladería cerró hace ya algunos años.

Abuela Nieves

Mi abuela materna no caminaba, ¡corría! Era como si tuviese motor: subía las empinadas calles de la ciudad con tal agilidad que nunca aparentó su edad. Era una mujer de gran talento que ejercía con sus hábiles manos. Seguidora de las modas, estudiaba las revistas para convertir trozos de tela en vestidos exclusivos para mi madre y mi tía. Desde pequeña he oído contar que, gracias a mi abuela, mi madre podía estrenar un vestido diariamente durante las vacaciones de mi padre en la isla. La verdad es que para mí fue mi abuela, un personaje al que dí por hecho y nunca observé con la curiosidad con la que se mira a un extraño, pero por lo que hoy sé, supongo que poseía una gran imaginación y una fuerza de caracter fuera de lo normal. Colgado en la pared de la cocina de su casa un platito rezaba: ‘En casa de Don Manuel, él es ella y ella es él‘, y algo de eso debía de haber para que a alguien se le hubiera ocurrido traer el souvenir de un viaje a Andalucía. Probablemente las leyendas de los platitos fueron las primeras cosas que leímos pues recuerdo cada una de ellas con absoluta claridad:  ‘El vino alegra el ojo, limpia el diente y sana el vientre’; ‘Al médico, confesor y letrado háblale claro’; ‘Hombre casado, burro estropeado’; ‘Los huéspedes dan alegría y cuando se van, más todavía’.
Mi abuela tenía un gran sentido estético por lo que no toleraba el pelo corto en una época en que se puso de moda el corte a lo ‘garçon‘. Yo, tal vez para fastidiarla, me empeñé en cortarme el pelo y me gustó tanto que he llevado el pelo corto prácticamente toda mi vida. Mi hermano F. siempre le echaba en cara que mis primos eran sus ‘nietos favoritos’ y, aunque lo decía por hacer la gracia, en realidad  estaba enunciando una profunda verdad porque mi abuela SÍ tenía nietos favoritos, y yo no estaba entre ellos.
Cuando mis padres se iban de viaje, cogía la maleta y a mi abuelo y se mudaba a casa. Fue de gran ayuda para mi madre, siempre dispuesta a echarle una mano con el bebé de turno y acompañarla en los paseos diarios con racimos de niños de la mano.  En su tiempo libre hacía colchas de crochet retorciendo una aguja de metal entre sus manitas alrededor del hilo hasta hacer surgir un rosetón y luego otro y otro, a toda velocidad. Y así vivió y así se fue, rápidamente, sin despedidas, decidió irse generosamente cuando sintió que ya no le quedaba más que hacer aquí.

Las amigas

Cuando miramos hacia atrás nos damos cuenta de que por el camino que nos ha traído hasta el presente hemos ido dejando amigas insustituibles a las que, implícitamente, juramos amistad eterna. La vida tiene esas cosas: nos hace ir de acá para allá sin miramientos, empurrándonos la cabeza contra el cristal tras el cual está la experiencia que tenemos que aprender.
Quiero agradecer desde aquí la ayuda que me prestaron mis sucesivas ‘mejor amiga’: aquellas a la que, en algún momento,  abrumé con mis problemas y quizás dominé sin muchos miramientos. La mejores amigas de mi época se pasaban el día de casa de la una a la de la otra inventando entretenimientos imaginativos o preparando juntas algún examen. Normalmente una escuchaba y la otra hablaba de sus cosas obsesivamente, sin parar. Efectivamente, en mi caso, la que no paraba de darle vueltas a los mismos asuntos una y otra vez era yo, que siempre tuve la suerte de contar con una amiga fiel y paciente que me escuchara con atención. De mi infancia destacaré a Sofía con la que compartí juegos y modas. Nuestra amistad concluyó cuando otras compañeras de clase empezaron a adularla y yo me retiré de la escena para  dedicar mis atenciones a Loli B. la forastera que apareció por el colegio en primero de bachillerato con aires de tierras lejanas. Asunta, que vivía en una casa vieja llena de hermanos mayorcísimos, me contaba historias de una pastelera de nombre Feliseta de Alcubierre que vivía en Zaragoza; Rita puso dinamismo a mis últimos coletazos de la infancia. Luego vino Conchi, cuya amistad comenzó tras un viaje de verano, que me introdujo en la adolescencia con  los primeros bailes del Club Militar los sábados por la tarde. Sin embargo, mi amiga, Loli C. ha pasado a ser una especie de hermana que siempre está ahí. Hemos pasado toda la vida próximas en una relación de enfados y reencuentros propiciada por la confianza de quien se siente aceptado sin reservas. Ella dice que me conoce ‘como si me hubiera parido’ y yo no pongo en duda sus palabras. Desde que celebró su primera comunión hasta el presente nunca hemos perdido el contacto totalmente. A todas estas amigas han seguido otras que han compartido conmigo algún trecho del camino y a las que, desde aquí, quiero agradecer su inestimable compañía.

Viajes virtuales

Mis padres aprovechaban los Congresos de Medicina para pasar unas semanas lejos de niños y obligaciones. Nosotros quedábamos al cuidado de los abuelos que se mudaban a casa y tomaban posesión de las atribuciones de padres por un tiempo. Aquellos viajes fueron muy importantes en nuestra formación porque gracias a ellos aprendimos que el mundo estaba poblado por gentes que se expresaban de modo diferente, pero lo más importante fue saber que el acceso a esas experiencias no era tan complicado como a simple vista pudiera parecer.
No sólo viajaban mis padres sino que todos participábamos en la anticipación del viaje, los preparativos y celebrábamos la vuelta a casa en una fiesta de maletas cargadas de regalos exóticos. El primero de esos largos viajes fue a Hispanoamérica, cuya geografía aprendimos a base de relatos que unían y comparaban un país con otro. Supimos de la urbe más populosa de habla hispana, Ciudad de México. Contemplamos boquiabiertos como se lanzaban al agua los jóvenes en La Quebrada y para dar fe de la visita circulaba por casa un abrebotellas en forma de pez articulado de escamas de nácar y un cenicero en forma de sombrero mexicano. Vimos a mi padre, vestido con traje, en lo alto de las pirámides y nos sentamos a su lado a resoplar por el esfuerzo de la ascensión. De Venezuela vinieron unas faldas largas con flores pintadas para mi hermana y para mí, junto a la recomendación de no salir de noche por la inseguridad. La ciudad de Ibarra en Ecuador guarda en algún rincón un llavero que mi madre perdió y en Bogotá, Colombia, nos compadecimos de unos pobres niños callejeros improvisando una cama con cartones frente a la puerta de un garaje.
Volamos a La Paz y nos mareamos con el mal de altura. La ciudad de Cuzco nos impresionó con sus casitas bajas y sus tejados. En el tren de cremallera subimos por los Andes hasta llegar al mítico Machu Pichu de donde procedían los jerseys de alpaca con dibujos de llamas a juego con gorros de lana con orejeras que salieron de las maletas. Santiago de Chile evocó ecos de la conocida Europa y Buenos Aires propició el encuentro con Tomasito el Cónsul que mandó como regalo para los niños un disco de moda en Argentina. Las aguas de Iguazú empaparon nuestra ropa en la parte Paraguaya donde mis padres se alojaron.
No he tenido la suerte de viajar a los países que acabo de recorrer con palabras pero sí tengo la impresión de que ya he estado allí gracias al relato que mis padres hicieron de sus paisajes y de sus gentes, a las fotos que vi entonces y a los regalos que trajeron de aquellas tierras.

Hippies

A medida que fui creciendo, creció también la longitud del cabello de los jóvenes. El mundo se conmovía al ritmo de una revolución juvenil cuyo punto culminante fue el famoso Mayo del 68. Aparecieron los Beatles moviendo el flequillo al ritmo de una música nueva que, ingenuamente, llamábamos ‘moderna’. En las fiestas de cumpleaños de verano sonaban los últimos éxitos del pop español y nuestra manera de bailar empezó a cambiar. ‘Mamá, ¡mira como bailo música moderna!’, le decíamos, mientras movíamos los brazos y el trasero hacia adelante y atrás como si estuvieramos remando. Llegaron las camisetas de algodón con palabras escritas en inglés, las faldas se acortaron, los pantalones se estrecharon en torno a la cintura y se abrieron en forma de campana sobre zapatones de punta redonda o zuecos de corcho de diez centímetros de altura, las blancas blusas caladas dejaban entrever el color de la piel, los ombligos vieron la luz gracias a los mini-pull y en el pelo una flor hecha de fieltros de colores ponía el broche final al atuendo.
En La Laguna abrió sus puertas la primera discoteca de la isla, el Club A-Go-Go, a la que acudían los jóvenes más atrevidos mientras los sorprendidos adultos identificaban el lugar como un centro de perdición lleno de minifaldas y cigarrillos o ¡vaya usted a saber qué!
Mi abuelo, intransigente, apagaba la televisión enfadado cuando veía algún grupo de melenudos dando un concierto: ‘¡Impresentables! ¡Vaya unos mamarrachos esos hippies!… ¡con esos pelos!’ exclamaba. La palabra hippie era un insulto, tal como lo había sido el término ‘cubista’ en tiempos de Picasso.
Nos emborrachamos de la psicodelia de Strawberry-Fields y de repente el mundo se disfrazó en un carnaval de entusiasmo por la vida, mientras sentimos el susurro de Mother Mary diciéndonos: Let it be! Let it be!

Simplemente María

María del Carmen pasaba en casa los miércoles y los sábados con su máquina de coser desplegada, un pequeño foco iluminándola desde la estantería metálica y algo que no podía faltar entonces: la radio. Era el modelo de radio de la época, rectangular y recubierta por una funda de piel de color marrón, con una larga antena metálica que se giraraba en todas direcciones para conseguir una mejor recepción.
Por la tarde, llegada la hora religiosamente esperada, nos pedía silencio pues empezaba la novela Simplemente María que ella seguía con devoción. Y tras la melodía musical del comienzo de la entrega del día, María del Carmen era transportada por las voces que salían del aparato a un mundo paralelo al que ella le confería las tres dimensiones propias del nuestro y su ser mostraba alegría o tristeza según las peripecias de la protagonista de la serie. Aunque nunca me interesó el argumento de la novela, escuchaba con curiosidad sus comentarios sobre aquella infeliz a la que ella llamaba María con la familiaridad con la que alguien se dirige a un pariente. Según leo en Wikipedia, la novela trata las desdichas de una joven que por cuestiones económicas se ve obligada a abandonar su Santander natal para trasladarse a Madrid. Supongo que el viaje incluiría todas las peripecias necesarias para convertir la narración en el best-seller radiofónico que fue.
Lo que a mí me resultaba más curioso era el hecho de que María del Carmen creía en una María de carne y hueso, pensando que la voz que oía por la radio correspondía al personaje real que contaba su vivencia en primera persona de modo autobiográfico. Yo, ajena al tema, oyéndola referirse a aquel ser con tanta seguridad, llegué a dudar por momentos de la identidad de la protagonista. Tan enfrascada estaba en la novela que una tarde hablando conmigo me dijo que María venía a Tenerife la semana siguiente, que iba a estar no sé dónde y que a ella le encantaría ir a verla. Por lo visto el error estaba propiciado por la Cadena Ser que presentaba el personaje a su enfervorecido público como María Salerno, la dueña de la voz que se oía por la radio. A los pocos días nos contó con pelos y señales la reacción de público al ver a la adorada María.
María del Carmen vivió con auténtica pasión la radionovela y también admitió en su vida al Señor Casamayor, al que se percibía como un señor mayor de aspecto familiar, y real como la vida misma, de cuyas  anécdotas se reía mientras comentaba: ¡Pobre Sr. Casamayor, el nieto le ha salido mariquita!’.
¡Qué cantidad de cosas tomamos por reales los seres humanos para así completar nuestra existencia con emociones que no sentiríamos de otra manera!

La quinta habitación

La casa en la que vivíamos albergaba una clínica de las de antes con una zona de consulta, el quirófano y las habitaciones en las que quedaban ingresados los enfermos. Eran en total cinco habitaciones individuales con camas de hierro, mesa de noche y lavabo. Nosotros, los niños, no teníamos demasiado contacto con ese mundo que, por otro lado, contemplábamos con total familiaridad al ser un elemento más de nuestras vidas. Cada habitación era designada por su ordinal correspondiente: Primera, Segunda…
En un momento determinado, mi padre decidió transformar la última habitación, La Quinta, en una especie de despacho que le sirviera a él y a nosotros para leer y estudiar. La quinta habitación vió como sus paredes se cubrían de estanterías metálicas de dos metros de alto que nacieron abarrotadas de libros y revistas y en el centro se instaló una gran mesa de despacho debajo de dos ventanas con persianas de madera que daban al patio.
Bajábamos a La Quinta para preparar un examen o estudiar sin ser molestados. Aquella habítación olía al papel de las miles de revistas médicas mezclado con el olor de desinfectantes de la clínica. Con un folio y la máquina de escribir imprimí un periódico plagado de errores y tachaduras, en el que daba noticia de que Salomé representaría a España en Eurovisión, que nunca pasó del primer número. Aunque el recuerdo más importante es el de haber sido el escenario de mis primeras clases de inglés con un profesor al que llamábamos El Teacher y que fue testigo de mi desazón a la hora de aprender el verbo put que tanto me costaba pronunciar por su similitud con la palabra española y no digamos cuando el verbo venía seguido por la preposición on. ¡Qué apuros!

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